
EL CORAZÓN ROTO Y SUS INCREÍBLES CONSECUENCIAS
- Kiki Suarez
- 8 ene
- 3 Min. de lectura
EL GRAN VIAJE - Si un hombre—un sudamericano—no hubiera roto mi corazón en Hamburgo, tal vez nunca habría emprendido lo que hoy considero el viaje más importante de mi vida.
No sabía lo que me esperaba aquel verano de 1977 cuando abordé en Hamburgo, la ciudad donde había vivido mis 26 años, un tren rumbo a Bruselas con mi amiga Michaela y una enorme mochila. Desde allí, tomaríamos un avión hacia América.
Aterrizamos en Los Ángeles, donde visitamos Hollywood y Disneylandia, pero pronto seguimos nuestro camino a través de Estados Unidos en una serie de autobuses Greyhound. Al cruzar la frontera mexicana por Chihuahua, Michaela y yo comenzamos a viajar por el país con un presupuesto de cinco dólares diarios, recorriéndolo del norte al oeste, y luego hacia el centro y el sur.
En ese entonces, acababa de leer un libro de Carlos Castaneda sobre su aprendizaje con un brujo mexicano, el hasta hoy famoso Don Juan. Con la intensidad de la juventud, esperaba encontrar a mi propio brujo mientras cruzaba el país.
México era distinto, un mundo vibrante, de colores y de movimiento, que me fascinaba. A diferencia de Alemania, donde las calles parecían desiertas por la noche, aquí la vida bullía afuera. La gente no se apresuraba de un lado a otro; se sentaban en bancas, paseaban entre puestos de periódicos, lotería, juguetes, frutas y dulces. Los boleros lustraban zapatos en las banquetas, mientras músicos tocaban la guitarra o la flauta en las escalinatas de las iglesias a cambio de unas monedas. Las tiendas cerraban hasta las 9 de la noche, los niños jugaban en las calles hasta la medianoche y, bajo el cielo estrellado, los gallos cantaban y los perros ladraban sin cesar.
Siempre, alguien nos invitaba a alguna fiesta en algún lado— porque en México siempre había alguna fiesta en alguna parte—y mis ansiedades intelectuales sobre el mundo, traídas de Europa, se diluían en los colores vibrantes, la gente amable, las sonrisas en las calles y el tequila de este país.
En el camino hacia la frontera guatemalteca, finalmente, llegamos a San Cristóbal de Las Casas, en las montañas del sureste de Chiapas. En mi primera mañana allí, vi cómo las nubes jugaban con las cimas de las montañas que rodeaban la ciudad y pensé: Podría vivir aquí.
Cuando vi a mi esposo por primera vez – en casa de un vecino y amigo de él – casi no hablamos. Me di cuenta de que me gustaba.
Me dije: Este hombre me gusta, pero no voy a hacer nada para conquistarlo. Si el universo quiere, bien; si no quiere, también. Yo sigo mi camino, creando una buena vida para mí. El corazón roto anterior me había regalado una nueva y enorme libertad interna.
Dos días después, Gabriel y yo, nos enamoramos bailando en su discoteca – con el famoso Hugo Robles de DJ, pero también a él, apenas, estaba conociendo.
Michaela regresó sola a Alemania. Me casé y me convertí en madre de tres hijos. Alemania dejó de ser mi mundo. Aunque aprendí español rápidamente, eso no hizo que me sintiera completamente en casa. Me tomó años aterrizar en mi nuevo mundo.
Caí en momentos de una soledad muy profunda.
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Imagen: La Silla de La Soledad




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