GUERRA
- Kiki Suarez
- hace 20 minutos
- 2 Min. de lectura
QUIERO HUIR - Hace más de 20 años, mi esposo y yo volamos a Zimbabwe, por qué queríamos ver las famosas cascadas de Victoria del Rio Sambesi. Zimbabwe era un país joven, antes había sido Rodesia. Rodesia, en el norte de la República de Sudáfrica, había sido uno de los países más ricos de continente. Completamente en manos de blancos y con Apartheid. Esto cambio cuando Gabriel Mugabe revolucionó el asunto, tomo el poder del
país y empezó a sacar los blancos de sus privilegios. Había sido un compañero de Nelson Mandela. Había sufrido tortura y encarcelamiento bajo el régimen blanco. Hubo muchas esperanzas sobre el y los cambios que iba a haber en Zimbabwe. Desgraciadamente pasó lo que muchas veces pasa después de revoluciones: Los nuevos gobernantes se vuelven dictadores como los que habían sido sus enemigos anteriormente. Y pronto Mugabe llenaba las cárceles y las cámaras de tortura de su nuevo país con cualquier persona que lo criticaba. El país decayó rapidísimamente a una pobreza terrible, tan terrible que muchos zimbabwenses
trataban de huir a la República de Sudáfrica. La ruta de escape para muchos era por el parque Krueger donde se arriesgaban a ser comidos por los leones, que pronto conocían sus rutas y muchos nunca llegaban. Cuando perseguidos por un león, los migrantes subían a las torres de los cables eléctricos, que les marcaban la ruta hasta Johannesburgo, y ahí arriba se refugiaban, pero muy pronto los leones aprendieron que sólo tenían que esperar abajo hasta que la persona caía dormida y entonces de la torre.. La naturaleza puede ser una madre sumamente cruel también.
Cuándo mi esposo y yo volamos a las cascadas Victoria, era el peor momento del país de Zimbabwe. - Para acercarse a las cascadas uno necesitaba cubrirse con una capa de plástico porque había tanta lluvia constante desde las cascadas. Había muchos vendedores de estas capas. Las capas costaban poco, tal vez 5 o 10 pesos o por ahí. Dos vendedores nos ofrecieron sus capas para esto y cada uno bajaba el precio y bajaba el precio y empezaron a enfurecerse uno con el otro y uno hasta empezó a pegar al otro, en desesperación de no poder vender su capa: tanta era la pobreza. Mi esposo y yo nos quedamos impresionados. Mi esposo les dijo,
—Cálmense! . Yo les voy a comprar a los dos!
Y compramos cuatro capas.
Después de haber sido testigo a esto, ya no disfruté nada de las vistas de las cascadas, nada del hotel y nada de las comidas, sólo quería huir.
Estábamos privilegiados, no teníamos que arriesgarnos por el parque Krueger a pie. Teníamos nuestro boleto de avión para dos días después.




Comentarios