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RECIERDOS DEL SAN CRISTÓBAL DE ANTES

  • Foto del escritor: Kiki Suarez
    Kiki Suarez
  • hace 18 minutos
  • 7 Min. de lectura

EL CAFÉ CENTRAL - El centro de todos nuestros días en San Cristóbal, cuando yo llegué en septiembre 1977, era el Café Central, en el lado izquierdo empezando la calle Madero y esquina con el zócalo.


El dueño era Don Manuel. Era nada especial, un cajón con sus mesas y sillas chamulas, una barra, café más o menos, pero todo el mundo entonces tomaba Nescafé y comparativamente era mejor el de Don Manuel. Nadie sabía entonces del buen café, menos que significaba ORGANICO, todo eso vino después. Buen café ni había conquistado a los EE.UU. Algo como Starbucks dormía todavía en las estrellas. ¡Buen café crecía en Chiapas, pero se tomaba en Europa!


Don Manuel tenía unos muchachos indígenas como meseros, me imagino que ni sueldo recibían, dormían allí en el tapanco del establecimiento. Les daba comida y supongo café. Y disfrutaban tremendamente cuando les dabamos buenas propinas, l@s turistas casi siempre más que l@s locales.


Don Manuel no tenía licencia para vender alcohol. Hacía más frío que hoy, mucho más, y a veces se nos antojaba un poco de algo en el café …….llevábamos kahlua y otros aguardientes en pachas y a escondidas echábamos eso en el café. Don Manuel no se daba cuenta que de repente el ambiente en su negocio se alegraba impresionantemente, o se hacía de la vista gorda para no perder sus clientes. No solamente nos vendía sus bebidas y alimentos: se sentaba en cada mesa a charlar y creo que esto era el mero disfrute de sus días.


Don Manuel era maniático con el azúcar. ¡Le molestaba que sus clientes mezclaban demasiado azúcar al café! Especialmente con el entonces "loco del pueblo", el Licenciado Cero, que se vestía como Don Quijote, y era poeta. El Lic. Cero enloquecía a Don Manuel, ¡porque le gustaba su taza de café con harto azúcar! Un día Gabriel le aconsejó a Don Manuel: si no quieres que usen tanto azucar, ¡llena las tazas más con café, asi ya no cabe mucho azucar! Y eso fue la solución de la bronca. ¡El codo con azucar tuvo que volverse más generoso con el café!


En el Café Central desayunábamos sándwiches y a veces un riquísimo pan de frutas secas que preparaba Rosa Urbina. Allí abríamos y cerrábamos nuestros días. Allí conocí a un joven que nunca había regresado de un viaje con hongos mágicos en Palenque, también se consideraba poeta. Me regaló un dibujo, medio chafa, de un hongo. En el Café Central conocí a Pancho Santiago, un hombre enamorado de la selva, un cuentacuentos. Nos platicó sus aventuras pocos días antes que se subió a la avioneta con el piloto aviador Martínez y al aterrizar en San Cristóbal la avioneta cayó y todos murieron, también mi vecina Krupskaja allí en la calle Tonalá del Cerrillo y también Pancho Santiago. Nuestro amigo el capitán Jaime Coello fue a ayudar en el entonces aeropuerto en lo que hoy es María Auxiliadora y regresó llorando. Apenas hace poco Luís Urbina me platicó que él iba volar en este vuelo, pero a última hora algo pasó y el cedió su lugar a Pancho Santiago y éste murió y Luís sigue vivo. Cada año en la fecha del accidente Luís celebra su segundo cumpleaños. Y el Dr. Armando Servin escapó este día de su muerte de de una manera parecida que Luís.


Don Manuel también tenía un pequeño rancho allí por Ocosingo, creo y los zapatistas se lo quitaron. Antes, todavía tenía el Café Central, nos platicó como murió su hijito por falla renal y él y Gabriel y yo lloramos.


Poco a poco abrieron otros cafés donde se podía abrir y cerrar el día y en medio pasarse las horas jugando domino o ajedrez, vi muchos hombres en eso de jugar con sus amigos todo el santo día ( y ni una mujer!) y luego llegaron los antros y ya no me acuerdo en qué momento el Café Central y Don Manuel desaparecieron.


Dos veces la semana íbamos a los famosos baños de vapor, algo que nunca antes había hecho. Superterapiarelajadora. En casa faltaba de repente el gas o no funcionaba la ducha y no llegaba el plomero y casi no había plomeros buenos y esto, les digo, no ha mejorado como el ámbito de cafés y antros. Íbamos dos o 3 o más al baño. Era una cosa social. Me imagino que como van hoy a los temazcales. Solo que no lo hacíamos tan ritual. En este tiempo vendían collares baratos y muy coloridos en el mercado y me compré un montón, hippie que era. Un día me los dejé puestos en el cuarto del vapor y de repente toco algo pastoso bajando mi garganta: eran los 3 collares! ¡Habían sido hechos de pasta!!! ¡Y nunca me había dado cuenta!


Hubo un tiempo que Gabriel tuvo que cerrar su discoteca, El Club, y no teníamos mucho dinero. No teníamos nada de dinero. Barríamos debajo de los muebles y juntábamos unas monedas perdidas allí. Si me acuerdo bien: con 5 pesos comprábamos un kilo de tortillas y sobraba para una botella de miel y eso comíamos este día. Vivían dos suizas con nosotros, hippies como yo. Mochileras. Ellas y yo habíamos comprado un montón de frijoles de muchos colores en el mercado y hecho nuevos collares, después de los de pasta. ¡Un día estábamos hart@s de tortillas con miel y tomamos todos nuestros collares de frijoles y los hervimos para una buena comida!


Llegaban amig@s lacandones a la casa, porque en Na Bolom no les estaba permitido tomar alcohol o llegar borracho. Frans Blom había muerto de alcohólico y Trudy no aguantaba al alcohol y la comprendo. Entonces llegaban a casa de Gabriel para celebrar y vendernos flechas y veces traían un tepesquincle y Celia, la esposa de Pancho Álvarez, era la única que sabía prepararlo bien. Años después nos ofrecieron nuevamente tepesquincle en el Hotel de Guacamayas. Lo habían preparado para el gobernador que luego nunca vino. Era terrible este tepesquincle!


A las suizas y a mí se nos desaparecían nuestros aretes de plata y finalmente descubrimos que la chica, una niña vecina de 15 años, que venía a limpiar la casa, nos las robaba. La tuvimos que despedir, Nunca nos regresó los aretes. Empezamos a poner flores en vez de aretes.


No había bolillos en la cuidad. No podías comprar una botella de vino, solo Padre Quino, que es pésimo vino. No había cepillos para lavar el escusado del baño ni recogedores para lo barrido. Y faltaban muchas otras cosas: quesos, solamente el de aquí, leche solamente de vacas de aquí y una vez esa me dio Brucelosis. Un tiempo intenté hacer queso fresco como lo hacía mi abuela, separando la leche en suero y queso. Pero de un montón de leche quedaba un poquitíto de queso: ¡habían diluido la leche con agua! Un tiempo también preparaba mi propio pan.


Había dos viejitas en la calle madero, allí donde hoy está el hotel de los arcángeles, y hacían un muy buen pan e integral, con manteca, pero tenías que estar allí a la hora de sacarlo del horno, más tarde ya se había acabado. La cosa era que a veces lo sacaban a la una y otras veces hasta las 3 de la tarde del horno. Pero era casi enfrente del Café Central y a veces teníamos suerte.


Un poco vivíamos como la gente en Alemania Oriental que les faltaba de todo. Cada cuando mis familiares me visitaban desde Alemania, llegaban con buen café (¡!!), con cepillos para escusados y otros objetos de ésta índole. Me consideraban la pobre hermana- hija-amiga, del tercer mundo. Pero se callaban cuando descubrieron mangos y granadillas y aguacates y papayas, cosas que entonces eran sumamente difíciles de comprar en Alemania y el buen mango hasta hoy, creo, no lo hay allá.


Cuando yo llegué a San Cristóbal, SanCrisis - como me gusta llamarlo, - no era una ciudad perita en dulce. En las noches había bandas de jóvenes en el zócalo, a veces con cadenas, esperando otras bandas de otros jóvenes de otros barrios…. Una vez amarraron a las policías del Palacio Municipal y luego los hicieron marchar...


Durante mis primeros meses en San Crisis un joven trato de asaltarme al subir al Cerrito de San Cristóbal. Quiso robarme mi bolsa. Era muy joven y grité y me defendí y huyó. Luego supimos tod@s que había una banda de hombres que violaba regularmente a extranjeras que subían allí, a veces amarrando a sus novios. Nadie hacía nada. Creo que siguió hasta que las mujeres de COLEM aparecieron y mujeres empezaron la luchar por mujeres.


Al caminar sola en el periférico, ni asfaltado todavía, ni muy poblado, un hombre que vino en un caballo intentó a violarme. Se bajó del caballo, me tiró al piso y allí luchamos. Había gente mirando y oí que alguien gritó: ¡Mira, la gringa! ¡Y nadie vino a ayudarme! Creo que ¡esto hasta me chocó más que el hombre encima de mí! Me salvaron tres mujeres indígenas que estaban lavando ropa en el entonces todavía limpio río del Peje de Oro: ¡le regañaron tanto que huyó! Yo llore y llore. Vino otro hombre en bici y me ofreció llevarme a casa (en el barrio del Cerrillo) y no sé cómo: ¡pero acepté! Y de veras no me atacó y me llevó a casa. Todavía casi no hablaba español y lo único que entendí de él era que me preguntaba repentinamente: ¿Porqué caminas sola?


Después aprendí que en muchas comunidades, como Zinacantán, una mujer caminando sola está considerada una prostituta. Me imagino que no solamente en Zinacantán existía o existe tal creéncia. En mi país caminaba sola por los bosques…


Enfrente de nuestro restaurante - todavía en la calle Dr. Navarro - un hombre que tenía una riña con otro, él que vivía enfrente d nosotros, quiso matar a su enemigo, tocó la puerta y abrió el hijo de 12 años de su enemigo. El muchacho dijo que su padre no se encontraba en casa ¡y el agresor entonces, en toda su furia sobre quiensabequé,¡mató al muchacho!


Poco después el entonces director de un banco aquí mató a su mejor amigo, un dueño de una marisquería, porque tenían la misma amante y ¡le pegó un balazo adentro de nuestro restaurante, nuevo restaurante y apenas abierto!


¡Nunca nadie hizo nada al señor que mató al muchacho ni al director del banco!

Algo inconcebible en Alemania.


Todo eso era San Cristóbal antes de cómo es hoy, pero lo de hoy viene de todo lo que era entonces. Aunque se olvidan las cosas: estan presentes en todo lo que ocurre hoy. Todo está conectado.


Kikimundo Kiki Suárez

 
 
 

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