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OASIS

  • Foto del escritor: Kiki Suarez
    Kiki Suarez
  • hace 6 días
  • 6 Min. de lectura

OASIS - No quiero escribir sobre la GUERRA, pero noto que la GUERRA tiene sus efectos en mí.

Cuando tenía nueve años descubrí un papel que había caído de la cartera de mi padre. Estábamos en su oficina, en nuestra nueva casa, solos él y yo. Levanté el papel doblado, que se sentía frágil entre mis dedos, para devolvérselo. Él me preguntó:


—¿Sabes qué es eso?

No lo sabía.


—Es la última carta de mi hermano Werner, que se perdió en la guerra, en Stalingrado.


—¿Tuve un tío? —pregunté.


Y me habló de su único hermano, seis años menor que él, siempre un poco enfermizo y por eso preferido y un poco malcriado por mis abuelos. Más tarde leí cartas que Werner había escrito a mi tía abuela Hilde. Era en este entonces un muchacho en sus veintes, sin ninguna idea de lo que significaba una guerra. Pensaba que ir a la guerra le permitiría conocer muchachas bonitas en otros países. Una vez lo metieron a la cárcel militar por escuchar música de jazz, prohibida bajo los nazis.

Poco después lo mandaron directamente a Stalingrado.


En Navidad de 1942 escribió su última carta a mi padre, sobre un papel delgado, de tercera, con lápiz. Copié todo el texto, pero ya no lo encuentro. Describe lo débil que se siente, el hambre que tiene, y la necesidad de expresar ese sufrimiento a quienes en casa leerían sus palabras. Dice: uno pagaría cincuenta marcos por un pan, pero no hay pan y nadie tampoco tiene cincuenta marcos. Finalmente escribe: Hermano, espero que tú tengas una mejor Navidad que yo.

Después la carta llegó a los manos de mi padre y Werner se perdió para siempre.

En Stalingrado hubo alrededor de 300 000 soldados alemanes. Murieron más de 200 000; 90 000 fueron enviados a los campos de concentración de Stalin y solo 6 000 regresaron a Alemania. Los rusos ganaron la batalla —y lo merecían, porque los alemanes habían sido los atacantes e invasores—, pero los rusos perdieron alrededor de 500 000 soldados allí. Ciento treinta años antes, Napoleón había intentado lo mismo que Hitler, con un resultado parecido: entre ambos frentes, alrededor de 800 000 muertos. Cada muerto, un joven tal vez un poco ignorante, lleno de deseos de explorar la vida, rompiendo con su muerte el corazón de su madre. Hoy tengo dos nietos de esa misma edad. y ni quiero imaginarme un destino así para ellos.

Mi tío murió en 1942 y nunca lo conocí. La carta original la llevaba mi padre consigo hasta su muerte; luego mi hermana menor se quedó con ella. La última vez que me la enseñó, el papel ya se estaba deshaciendo y apenas se podían leer las palabras.

Mi padre también escribía cartas desde la guerra, a mi tía abuela y a su madre, y mandaba sus diarios. Estos se perdieron cuando tres veces cayeron bombas sobre la casa donde vivía mi abuela y todo se quemó. Mi tía vivía en un lugar donde no caían bombas y rescató algunas cartas. En ellas, mi padre expresa repentinamente su deseo de que esa horrible guerra se acabe. Me sorprende que los censores dejaran pasar sus cartas a la familia. Tal vez pensaban igual?

En una carta mi padre describe que lo mandaron a investigar un pueblito más al este. No se sabe dónde, ni en qué país, porque tenía prohibido decirlo. Cuenta que llega a un pueblo bonito y pacífico, y en él encuentra un café. En el café había pastelitos: tartaletas de fresa con crema. A mi padre le encantaban, como después a mí. Una muchacha muy alegre y amable le sirve su café y su tartaleta, y por un momento pierde la noción de la realidad. Siente que ha llegado a un sueño: un oasis entre infiernos, una burbuja de paz. Está maravillado y horrorizado, porque sabe que su presencia allí significa una guerra próxima para ese lugar pacífico.

Después de la guerra siempre me repetía:


—Kiki, somos tan vulnerables, morimos tan pronto todos, que deberíamos estar alegres y en paz todo el tiempo, perdonarnos cualquier pleito en un dos por tres, olvidarnos de cualquier guerra. Pero no lo hacemos. Constantemente nos herimos mutuamente.


Mi padre nació en 1914, el primer año de la Primera Guerra Mundial. Esa guerra se libraba en el frente; las bombas no afectaban a los civiles. No marcó su vida personal. Pero la guerra en casa sí lo hizo: decía que en toda su niñez no hubo una sola noche en que su padre estuviera presente en la cena. Siempre andaba de mujeriego y borracho, aunque era un emprendedor bastante exitoso. Desde entonces mi padre temía los pleitos y conflictos, hasta reprimirlos. Eso tampoco hizo fácil nuestra vida familiar a veces… ¡pero cómo lo comprendo hoy!

Mi padre también decía siempre:


—Kiki, qué suerte han tenido ustedes, su generación, que hasta ahora no han tenido que vivir una guerra!!!


Mi madre venía de una familia campesina muy pobre de Silesia. Mi abuelo fue a dos guerras y, cuando estaba en la guerra, la familia vivía mejor, porque llegaba su sueldo (la palabra sueldo viene de soldado). Ya no sufrían hambre como en tiempos de paz. Mi madre, siendo adolescente, fue testigo de cómo avionetas rusas mataron a su amiga, la niña vecina, en su pueblito. Luego fue violada. Después perdieron su hogar y se fueron casi sin nada hacia occidente, donde comenzaron a vivir sin hambre y con lujos que antes no hubieran podido imaginar, como un grifo de agua o un baño que ya no era letrina. Tras el fin de la guerra, un millón de personas se unieron a esa marcha hacia el oeste, y mi madre vio soldados jóvenes colgados de los árboles, aunque la guerra ya oficialmente había terminado.


Hoy, al escribir esto, comprendo muchos de los traumas de mi madre que antes no lograba entender. Ella tenía 17 años cuando abandonaron su hogar en Silesia.


Yo también traía una raíz de guerra dentro de mí. Desde muy pequeña —y lo recuerdo— rechazaba a veces a mi madre simplemente porque estaba entre mi padre y yo. Complejo de Electra total, algo que aprendí décadas después. Muchas veces creé pleitos innecesarios entre ella y yo. Así como pasa entre pueblos: en lugar de bombas, usábamos palabras, gritos y silencios.

También con mis hermanas me comportaba a veces —yo, la tímida, ansiosa y pequeña Kiki— como una dictadora. Con mi hermana mediana nos peleábamos por dónde estaba la frontera entre su parte de la cama y la mía, igual que como los países se atacan por regiones.

Hace veinte años observé durante un año la vida salvaje en África y descubrí —y fue un shock— que todos los animales luchan así, por territorio. Cada animal conoce su lugar en la gran jerarquía entre las especies y dentro de cada especie. Adentro también luchan por su lugar y su poder, como mi hermana y yo por nuestro territorio respectivo en la cama.

Tal vez la Vida no nos hizo muy bien: puso la lucha por el territorio muy profundamente en nuestra genética.

Hoy tenemos tantas armas que, si estalla una guerra nuclear, acabaremos con la civilización en pocas horas. Esta ha sido una preocupación mía desde la juventud. Casi todos somos tan ignorantes como lo era mi tío Werner cuando murió en Stalingrado. Somos niños tontos y crueles jugando con armas que nos sobrepasan.

Me siento impotente. Trato de aprender un poco de comunicación no violenta para herir menos, pedir perdón y perdonar. Busco la paz a mi alrededor: partir un pastel contigo aunque pienses muy diferente a mí. Pinto un mundo colorido de todo lo que me parece bello en la vida. Eso consuela. Mi pequeño arte y mis grupos para compartir historias, emociones, ideas, textos y pedazos de nuestras vidas son mi mini-intento de crear una burbuja de paz. Si no podemos evitar el próximo ataque, disfrutemos antes un momento de amabilidad, de sonrisas, de una tartaleta llena de la dulzura y lo sabroso de la vida.


FOTO: mis padres después de la guerra. Como la gente había sobrevivido en la guerra, querían vivir, salían a bailar a festejar a tomar y a tomar vino, a platicar chistes….y uno de los grandes placeres de mi papá era su club de boliche cada martes. Un Boliche diferente a cómo se juega aquí en America. Y ahí en la foto, en el medio, está mi mamá con el sombrerito chiquito. Al lado mi tío Hermann y al otro lado Guschi Kraemer que era muy amigo de mi papá y murió poco después de cancer el estómago. A veces nos llevaban. Yo estoy ahí, la niña de tres años al lado hijo de Guschi y todavía no sabía mucho de la Guerra y nada de mi tío Werner. Me imagino que todo esta gente en la foto menos el muchacho y yo, ya han muerto. Foto tomado en 1954


 
 
 

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